Todos los males del mundo: capítulo 3

A los doce años me crecieron los pechos y los chicos comenzaron a hablarme diferente, ya no me gritaban que cogiera el balón, solo balbuceaban.

Mis pechos se convirtieron en un poder pero también en una maldición porque los chicos realmente se comportaban de forma muy extraña. Un compañero de colegio de otro curso esperaba cada día al recreo para perseguirme corriendo con los ojos inyectados en sangre por todo el patio, o al menos así lo recuerdo. Por supuesto, yo no me quejaba a los profesores. Eran otros tiempos, había que enfrentarlo sola. Un lluvioso día de invierno, cansada de correr entre los charcos del patio, me paré de golpe, le miré y, con la respiración entrecortada, le pregunté “¿qué quieres?”. Creo que ni él mismo lo sabía, porque se quedó mirándome con ojos vidriosos bajo la lluvia, se rascó la cabeza frustrado, y se fue sin decir nada. Nunca volvió a molestarme, solo me miraba a lo lejos con odio intenso.

"...me miraba a lo lejos con odio intenso."

No es la única vez que me han mirado así. Una noche también lluviosa, muchos años después, fui a refugiarme, junto con el que entonces era mi pareja, a un monasterio de Burgos. Llegamos totalmente indefensos, en medio de la tormenta, mojados como pollitos. El monje que nos entreabrió la puerta me miró de la misma manera que ese chico: como si yo fuera la culpable de todos los males del mundo.

"...como si yo fuera la culpable de todos los males del mundo."

En cambio, David, otro compañero de clase de mis doce años, me miraba con adoración. O tal vez era que me miraba desde abajo. El último año yo había dado un gran estirón y él, en cambio, todavía no se había desarrollado. Tenía la voz aflautada y cara de niño. Sin embargo, no he conocido a nadie más avispado y pícaro que él. Era una especie de carismático capo de la mafia infantil: vendía cromos, organizaba apuestas de carreras de chapas y canicas, robaba libros, mentía a los profesores para no tener clase, y nadie se enfadaba con él. Siempre me hacía reír, y luego me pedía un beso. Nunca quise dárselo. Hasta que una tarde, después de clase, sentados en el respaldo de un banco del parque, señaló el cielo: “¡Mira, un avión!”. Mientras yo buscaba con la mirada, él se levantó y me dio un beso en la boca con lengua. “¡Puaj!”. Me limpié con la manga del jersey y, antes de que pudiera enfadarme, él echó a correr gritando de alegría. Ese fue mi primer beso.

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