Ricardo y yo estuvimos un tiempo juntos emulando el mito de Pigmalión. Él me leía poemas de Baudelaire, de Verlaine, de Rimbaud, los poetas malditos franceses, sus preferidos.
“Pouvons-nous étouffer le vieux, le long Remords,
Qui vit, s'agite et se tortille,
Et se nourrit de nous comme le ver des morts,
Comme du chêne la chenille ?
Pouvons-nous étouffer l'implacable Remords ?…”
“¿Podemos ahogar el viejo, el prolongado Remordimiento,
Que vive, se agita y se retuerce,
Y se nutre de nosotros como el gusano de los muertos,
Como de la encina la oruga?
¿Podemos ahogar el implacable Remordimiento?…"
Los leía en francés con mucha vehemencia y luego me los traducía despacio para desvelarme los matices de cada palabra. A veces también íbamos al cine a ver películas de la Nouvelle vague en versión original. Yo disfrutaba de la pasión con que él recitaba los poemas, y de la paciencia que tenía para hacerme entender el espíritu de esos grandes poetas y la sutil crítica social detrás de la cotidianeidad de ese cine francés. Pero lo cierto es que, tanto esos atormentados versos como los personajes sin rumbo de esas películas, alimentaban mi desconfianza en el mundo, causándome una profunda desazón que me acompañaba el resto del día. Hubiera preferido cualquier película de Spielberg que restaurara mi fe en la humanidad pero, alguna vez que lo propuse, me miró como un santo inquisidor a su bruja, y ambos hicimos como que no había ocurrido.
Ciertamente aprendí mucho con él y, sin embargo, empecé a sentirme vacía. Soñaba que tenía un agujero negro girando en la boca del estómago que iba tragándome hasta hacerme desaparecer. Entonces decidí romper con él.
“Ciertamente aprendí mucho con él y, sin embargo, empecé a sentirme vacía.”

Mi primer intento fue una mañana de domingo mientras paseábamos por un precioso parque. Yo había ensayado cada palabra para darle sentido a lo que no lo tenía. ¿Cómo explicar que lo que en un principio me hacía feliz ahora me estaba quitando el aliento? Cuando nos sentamos en un banco pensé que era el momento oportuno pero él comenzó a hablarme del tiempo que vivió en París, y le imaginé delante de Notre Dame, admirando las monstruosas gárgolas bajo la lluvia, con un cigarrillo apagado en la comisura. Era una imagen demasiado bella para romperla.
El segundo intento fue en su casa, me había invitado a comer para luego pasar la tarde juntos. Me sentí de nuevo como la primera vez, subiendo temblorosa la escalera de madera crujiente, ralentizando el paso por miedo a ser devorada por el gran oso al otro lado de la puerta. Pero esta vez no tuve que tocar el timbre porque antes de llegar me abrió la puerta. Al entrar fue como si todos esos libros de las estanterías me oprimieran el pecho, como si estuviera traicionando a todos los enamorados de la historia de la literatura, como si Julieta hubiera matado de un golpe a Romeo. Estuve a punto de irme, con alguna excusa, pero de nuevo llevaba puesto mi vestido de florecitas rojas, y no fui capaz. Tal vez él intuía algo porque se quedó de pie mirándome como quien intenta resolver un enigma. No pude resistir su mirada y lo solté de sopetón: “¡No quiero seguir!”
Estaba preparada para un aluvión de preguntas, de “porqués”, de “cómos” y de “cuándos”, pero no para lo que hizo, lo que hizo me desarmó. Se giró, dándome la espalda y, con voz suave, dijo que la comida estaba hecha y la mesa puesta, y que sería una pena desperdiciarla. Así que nos sentamos a compartir en silencio nuestra última comida juntos. En un plato había un fruto oscuro, como una pera de piel rugosa, que él partió por la mitad, dejando ver, en el centro de una pulpa verde pálido, un suave hueso marrón. Era la primera vez que yo veía un aguacate. Le quitó la piel y, después de ponerle sal, puso una mitad en mi plato y otra en el suyo. Estaba duro y no sabía a nada. Fue la comida más triste de mi vida.
No recuerdo nada de lo que pasó después, no sé cómo nos despedimos ni cómo salí de su casa. Sí recuerdo la sensación que tuve de despedida absoluta, de “adieu” que dicen los franceses. Durante mucho tiempo creí que los aguacates eran frutos duros e insípidos y que cuando dices adiós es para siempre. Hace algunos años supe que él acababa de morir y volví a sentir ese sabor a despedida definitiva.
En memoria de mi querido profesor.

