Mi primera relación: capítulo 7, 2ª parte

Ricitos de oro y el oso.

El último día de clase me las arreglé para hablar con él. Sus palabras del día anterior me envalentonaron tanto que, con la excusa de que me prestara un libro del que habíamos hablado alguna vez, le pregunté si podíamos vernos en algún sitio. “Será un momentito, lo justo para coger el libro”, insistía yo, “me encantaría leer ese libro, de verdad que no te entretendré mucho, y te lo devolveré enseguida”. Él me miraba divertido, disfrutando de los inútiles esfuerzos que  yo hacía para disimular mi verdadero interés. Finalmente me dijo que podía pasar por su casa a recoger el libro, y me apunté su dirección.

“Con la excusa de que me prestara un libro del que habíamos hablado alguna vez, le pregunté si podíamos vernos en algún sitio.”

El edificio era antiguo. Recuerdo subir las crujientes escaleras de madera con el corazón a punto de escapárseme por la boca. Como si me estuviera adentrando en la cueva de un oso, el miedo y la fascinación ralentizaban mis pasos. Solo el roce de la barandilla de madera en mi mano me calmaba un poco. Llamé temblorosa al escandaloso timbre negro pero no ocurrió nada. Por un instante, quise dar media vuelta y huir a la velocidad de la luz pero sonaron pasos dentro que me clavaron al suelo. El oso se acercaba e, instintivamente, me coloqué los rizos de oro.

Cuando abrió la puerta y me miró serio, sentí que se acababan los juegos de adolescente. Me sentí rara con mi vestido de florecitas rojas, me hubiera gustado llevar puestas unas botas militares que me dieran seguridad. Me invitó a pasar con un suave ademán y, por un instante, creí que entraba en una biblioteca. Nunca había visto una casa parecida, era pequeña pero estaba llena de libros hasta el techo, incluso en el baño. Instintivamente bajé la voz para no molestar a los posibles lectores. Él se rió. Era la primera vez que le oía reírse abiertamente. Tenía una risa grave y profunda. Pensé que podría engullirme sin dificultad y, durante un instante, me vi cayendo dentro de la panza del oso, como Jonás dentro de la ballena, arrastrada por los jugos gástricos, digerida sin remedio.

“Tenía una risa grave y profunda. Pensé que podría engullirme sin dificultad.”

Su voz me hizo volver a la realidad invitándome a sentar en un pequeño sillón de tapicería verde mientras él buscaba el libro que, según recordaba debía estar por alguna parte, entre los miles que había en las paredes. El asiento, demasiado duro y abultado, parecía que quisiera escupirme hacia fuera, y los brazos, de ondulante madera labrada, se clavaban en mis huesudos codos. Me levanté de un salto con la excusa de ayudarle a buscar.

Allí estábamos, los dos de pie, rodeados de libros, compartiendo una fingida búsqueda y una charla banal que no recuerdo. Me parecía que la habitación se iba empequeñeciendo, las paredes empujándonos hacia el centro, la conversación llenándose de silencios, hasta que estuvimos el uno frente al otro, callados. Si hubiera llevado botas estoy segura de que habría salido corriendo, en cambio me lancé a sus brazos por no saber qué otra cosa hacer.

Continuará...

Contacto

Únete a Las chicas del cancán 

Tanto si has pasado por el mismo proceso como si eres un familiar, artista, institución pública o empresa que quiera sumarse a este movimiento para visibilizarlo, ¡te damos la bienvenida!




    Si lo prefieres, también puedes escribirnos a laschicasdelcancanpm@gmail.com

    Copyright © Las chicas del Cancán 2024. Made with 💚

    linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram