Mi primera relación: capítulo 7, 1ªparte

Se llamaba Ricardo y era mayor que yo.

Creo recordar que tenía orígenes vascos, llevaba siempre la lluvia encima, que le oscurecía el cabello y las ojeras. Fumaba mucho y pasaba de una expresión dura, como de piedra, a una sonrisa sardónica que en esa época me resultaba muy atractiva. Parecía haber sufrido mucho pero se mantenía fuerte y digno, como si no necesitara a nadie.  Ahora me doy cuenta de que tenía una tristeza profunda del alma. Supongo que eso fue lo que nos unió.

La primera vez que le vi, yo estaba sentada en un pupitre. Le vi entrar cavilante, envuelto en una gabardina gris, como Humphrey Bogart en Casablanca, y sentarse en la mesa del profesor. Solo en ese momento, levantó la vista y nos miró a todos, tenía la aguda mirada de un águila. Yo sentí que se detenía especialmente en mí, incluso que dejaba escapar un amago de sonrisa que enseguida controló. Quién sabe, tal vez fue mi imaginación, pero esa mirada provocó que durante todo el año asistiera a las clases de literatura con entusiasmo. Devoraba todas las obras que él nos recomendaba leer, hacía comentarios “interesantes” para llamar su atención, me hacía la encontradiza por los pasillos solo para acabar intercambiando un tímido “hola” que quedaba en mi memoria durante todo el día. Creo que durante ese año cumplí con todos los tópicos de la alumna enamorada de su profesor.

“Durante ese año cumplí con todos los tópicos de la alumna enamorada de su profesor.”

El curso siguiente  ya no me dio clase, ni el siguiente. Yo vagaba por los pasillos como alma en pena, buscando encontrármelo. Mi etapa en el instituto acababa, y con ella mi amor platónico. Una mañana lo vi a lo lejos en el patio, con sus espaldas enormes, caminando hacia algún aula.  Corrí hacia él con  tanta emoción que no pude frenar a tiempo y me lo llevé por delante. Él acabó en el suelo, mirándome sorprendido, y yo tan avergonzada que, sin mediar palabra, huí cobardemente dejándole en tierra. Me quería morir, desaparecer, empezar una nueva vida en algún otro lugar. Esa noche soñé que mi familia y yo éramos testigos de un asesinato y nos trasladaban al Polo norte, a vivir en un iglú muy pequeño donde no cabíamos todos. Al día siguiente no fui a clase, deambulé por el barrio todo el día ideando excusas para no volver al instituto: una enfermedad mortal, un incendio devastador. Como mi imaginación no me daba ninguna opción creíble tuve que volver a clase. Las siguientes semanas, me deslizaba por el instituto como  una sombra, esquivando esa silueta, antes tan deseada y ahora tan temida. Hasta que una mañana, el penúltimo día de clase, me lo topé de cara. Después de dos silencios, esbozó una media sonrisa y dijo: “¿Tiras al suelo a todos los profesores o solo a mí?”. “No”, balbuceé, hice gesto de llegar tarde y me fui haciendo pucheros. Pero luego no podía dejar de darle vueltas a su pregunta, ese “solo a mí” me parecía que revelaba un deseo de exclusividad que me impidió dormir en toda la noche. Por primera vez, mi amor platónico  me pareció que podía hacerse físico.

Continuará...

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