Los adolescentes hacen cosas extrañas, incomprensibles; son bombas de hormonas, exacerbadamente sintientes, confusos y, a veces, crueles. Se acercaba el momento de volver a ver a Dani. No habíamos tenido contacto desde que las circunstancias nos separaron hacía un año, y durante ese tiempo yo había pasado página, había tenido algunas experiencias que me hacían sentir muy madura y preparada para ignorar a mi “primer ex”. Mi corazón estaba a salvo. Nuestro encuentro sería el de dos antiguos amigos: le saludaría con cariño pero indiferente, con atención pero solo de la parte perezosa de mi cerebro, la parte entusiasta estaría pensando en mis cosas de adulta; no nos besaríamos, nos daríamos la mano cordialmente, y haríamos como si nuestras manos nunca se hubieran derretido entrelazadas durante innumerables paseos bajo el sol.
"No habíamos tenido contacto desde que las circunstancias nos separaron hacía un año."
Aunque esa era mi idea la realidad fue muy distinta: nos dimos dos besos pero con tentación de que fuera solo uno, nos sonreímos con la misma sonrisa idiota del verano anterior, yo creo que hasta babeamos e intercambiamos chispitas de los ojos. Definitivamente me olvidé de todos mis propósitos y nos fuimos a pasear para ponernos al día de lo que había pasado en nuestras intensas vidas de adolescente.

Lo que ocurrió después duró un instante pero marcó mi vida para siempre. No sé por qué le dije que tenía un novio en Madrid, mayor que yo, con el que había tenido sexo por primera vez. No es que fuera mentira, lo extraño fue que saliera de mi boca en ese momento y sin mi permiso. Evidentemente tenía una boicoteadora castrante dentro de mí. Si no hubiera hablado podíamos haber continuado con nuestro interrumpido romance y ver hasta dónde llegaba nuestro persistente amor pero no, las palabras salieron de mi boca con vida propia y se quedaron volando en el aire como pájaros de mal agüero. Él no dijo nada pero debió dolerle porque a partir de ese momento me hizo el vacío. Y una parte de mi corazón murió. El verano se hizo interminable. Mis intentos de romper ese gélido silencio en el que me vi envuelta fracasaron una y otra vez, simplemente yo ya no existía para él. ¿Qué cosa tan mala había hecho para merecer tremendo castigo? Tanta crueldad se me hacía insoportable. Mi otrora paraíso de infancia se volvió inhóspito, arrojándome definitivamente a una adolescencia llena de estúpida culpa. Entendí cómo debió sentirse Eva, expulsada y señalada por un mordisco a una manzana.
"Él no dijo nada pero debió dolerle porque a partir de ese momento me hizo el vacío."
Muchos años después, cuando Dani no era ya ni una sombra de mi pasado, nos encontramos por azar y me pidió perdón. Solo entonces me palpé y sentí la cicatriz que ese primer rechazo había dejado en mi corazón.

