Mi primer amor: capítulo 1

El otro día una editora me dijo que por qué no escribía un libro sobre mi experiencia con el cáncer. Como si cualquiera pudiera escribir un libro. Yo me veo incapaz de abordar tan ingente trabajo: ¡un libro entero! ¡Doscientas páginas! ¡Cincuenta mil palabras! Imposible.

Soy de textos breves, cuentos cortos, haikus. Soy incapaz de sostener una línea de pensamiento más de dos frases. Me angustian las carreras de fondo, supongo que estoy diseñada para un buen sprint de velocidad. Lo único largo que me gusta, es un buen beso. Pero si lo intentara, lo escribiría en forma de historia de amor por entregas. De esta manera, si no lo terminara, el fracaso no sería tan patente. Se titularía “Paloma enamorada” y contaría mis penurias amorosas. Luego ya veríamos cómo lo enlazaríamos con el tema del cáncer. 

Mi primer amor.

El primer capítulo se titularía, por supuesto, “Mi primer amor”. Y el subtítulo “Odio a esas arpías que nos avergonzaron”. Comenzaría contando que teníamos cinco años, bueno él tenía cuatro en realidad, pero no nos importaba. A tan corta edad, mi corazón palpitaba de amor cuando se acercaba Dani, vamos a llamarle así. Me parecía el niño más guapo del mundo: morenito, con unos enormes ojos azul ultramar que me hacían sudar las manos cuando me miraban, y una dentadura blanquísima que brillaba en la oscuridad cuando sonreía. Y cómo me gustaba que sonriera. Mi máxima aspiración era atreverme a caminar de la mano con él. Solíamos caminar pero sin tocarnos. Y sin hablar, no hacían falta las palabras. De hecho creo que apenas hablábamos. Sólo caminábamos el uno al lado del otro sin pensar en nada. O al menos yo me quedaba en blanco, el sonido de mi corazón borraba cualquier pensamiento.

“Solíamos caminar pero sin tocarnos. Y sin hablar, no hacían falta las palabras”.

Recuerdo una tarde de mucho calor en la que se juntó toda la chiquillería. Los niños corrían asfixiados y las niñas nos aburríamos sentadas en una escalinata de piedra refrescada por la sombra de un gran árbol. El único niño que no corría era él. Se había sentado con nosotras y no hablaba. Las niñas parloteaban, no sé sobre qué porque mi cabeza se había parado, y escuchaba todo amortiguado, como debajo del agua. Era como si él y yo estuviéramos debajo del agua y ellas en la superficie. Y flotábamos juntos como peces, y sus dientes brillaban en el agua, y yo oía nuestras respiraciones. Pero de repente, una niña nos sacó a la superficie con una sola frase: “Dani, ¿y a tí quién te gusta?”. Es increíble que a esa edad ya estuviéramos celestineando pero así lo recuerdo. Cuando volví a la superficie, todas las niñas le rodeaban curiosas. Él estaba rojo como un tomate y, después de un instante, dijo muy bajito “A mí me gusta Paloma”. ¿Sabéis esos martillos de feria, que los golpeas con fuerza y un balín sube hasta tocar la campana? Pues algo dentro de mí estalló y un calor inmenso subió por todo mi cuerpo hasta golpear mi cabeza. Apenas podía respirar y mucho menos moverme o hablar. Solo podía sentir las miradas de todas aquellas niñas, que se habían vuelto hacia mí, interrogantes, y desear morirme de vergüenza y de culpa. Pero él me quería. Era todo muy confuso y muy intenso.

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