Estuve enamorada de él en secreto desde los diez a los catorce años. Cada mañana me lo topaba en el pasillo al ir a clase e, incapaz de articular palabra, pasaba a toda velocidad y me atrincheraba en mi pupitre silencioso. Por la noche soñaba que era una princesa medieval que galopaba huyendo del fuego de un enorme dragón rojo. En el último año él comenzó a corresponderme: me miraba, sonreía todavía más tímidamente que antes y transpiraba. Y, por alguna extraña razón, todo el mundo sabía de nuestro silencioso idilio y confabulaban para avergonzarnos. “A Esteban le gusta Paloma”, coreaban los compañeros. Una mañana, el repetidor de clase le puso la zancadilla a Esteban para que cayera encima de mí, de tal forma que su frente chocó con la mía provocándonos un par de chichones y mucho bochorno. En casa, yo me acariciaba el chichón recordando lo cerca que habían estado nuestras narices y nuestras bocas.
"Por la noche soñaba que era una princesa medieval que galopaba huyendo del fuego de un enorme dragón rojo."
En el viaje de final de curso de octavo yo estaba decidida a enfrentarme al dragón. Era mi última oportunidad antes de ir al instituto. Quién sabe, si no hacía algo tal vez no volviéramos a vernos nunca. La próxima vez que me topara con el dragón no huiría. Pasé todo el viaje haciéndome la encontradiza y adoptando poses de espera interesantes: aburrida en el autocar, emocionada en el museo, curiosa delante de una estatua desnuda, perdida en los pasillos del hotel. Pero el dragón no atacaba. Empecé a soñar que el dragón se convertía en culebra y que yo me hundía en la tierra hasta desaparecer. En la arena solo quedaba mi corona y la serpiente enroscándose en ella.
"Pero el dragón no atacaba."
Muerta de miedo, la última noche del viaje, tragué saliva, me acerqué al sofá donde estaba sentado solo y le pregunté casi a gritos, de los nervios, si quería salir conmigo. Me miró como si yo llegara veinte años tarde, como a través de un túnel. Hizo unos ruiditos extraños con la garganta, como para tomar carrerilla, y me dijo que le había pedido salir a mi mejor amiga. Después de un instante de mirarle fijamente la nariz, le pregunté por qué y me dijo lacónicamente que le gustaba más porque tenía las tetas más grandes. ¡Ah, la culebra! Esta fue mi primera decepción amorosa. Volví a casa preguntándome en qué momento se habían cruzado las tetas de mi amiga por el cerebro de ese reptil y cómo no me había dado cuenta. Analizando a posteriori, había claros signos de que los últimos meses él había perdido interés por mí: ya no se ponía colorado ni transpiraba al cruzarnos en los pasillos. Y sin embargo, yo no interpreté las señales.
"...en qué momento se habían cruzado las tetas de mi amiga por el cerebro de ese reptil..."
Mi amiga y él no estuvieron mucho tiempo, creo recordar que un par de meses, no tenían demasiado que ver. Y él y yo no volvimos a encontrarnos nunca más, supongo que fue a otro instituto. Me pregunto cómo habrá evolucionado, qué tipo de hombre será, y qué opinará de una mujer con un solo pecho. Tal vez haya muerto. Bueno, tampoco es que me importe.


