No hablaba una palabra de español. Era delgaducho, pelirrojo y lleno de pecas. Fumaba encorvado, imitando a los villanos de las películas de vaqueros en blanco y negro, y nos miraba siempre como si supiera algo de la vida que los demás desconociéramos. Tenía una elegancia natural, fue el primer chico al que vi cruzar las piernas. Yo creo que estaba enamorado en secreto de su prima, Natalia. Ella nos lo presentó un día diciendo: "Este es mi primo, es medio tonto, no le hagáis mucho caso. Ya ha cumplido los catorce”.
"Tenía una elegancia natural, fue el primer chico al que vi cruzar las piernas."
François nos seguía a todas partes pero se quedaba al margen de los juegos, liándose cigarrillos y jugueteando con una navaja, que usaba para pelar fruta que sacaba quién sabe de dónde. Fumaba y comía fruta con la misma elegancia. De vez en cuando exclamaba sin aparente motivo: “¡Putan!, ¡Bordel!”, que entonces yo no sabía que eran palabrotas porque las decía muy suavemente, y sonaban tan dulces. Y después lanzaba una incomprensible e hipnotizante retahíla de gorgoritos que a mí se me hacían como gominolas de colores saltando por los aires.
Su prima decía que quedábamos muy bien juntos, tan pálidos, tan delgados. Así que casi nos vimos abocados a ello. Comenzamos a salir un domingo por la tarde. Para sellar nuestro compromiso me dio un beso muy largo, con mucha baba y sabor a tabaco y a una pera que acababa de comerse. Ahí se acabó nuestro romance. “Si los besos son así, yo me meto a monja”, pensé. Poco tiempo después, su prima cayó rendida a sus encantos gabachos y yo dejé de sentirme culpable por haberle abandonado.


