El big bang de los besos: capítulo5

¿Os acordáis de Dani, mi primer amor, ese niño cuya sonrisa me hacía temblar?

Cuando volví a verle era un adolescente que estaba más desarrollado que la mayoría a su edad. A la belleza de aquel niño de ojos azules se le había sumado la bendita testosterona. La sensación de que un calor inmenso subía por todo mi cuerpo dejándome ciega, sorda y tonta, se convirtió en lo habitual cuando él estaba cerca. Sin embargo, él no se daba cuenta, parecía haberse olvidado de que con cinco años nos amábamos locamente, y ahora solo tenía pensamientos para otra chica, pequeñita y malhumorada, que acababa de darle calabazas. ¿Cómo podía haberse olvidado de nuestras tardes al sol, de nuestros chicles compartidos? ¿Y por qué yo sí lo recordaba? Para colmo, me tomó como confidente de sus desgracias amorosas. Cada día yo tenía que aplacar mi corazón y escuchar pacientemente sus lamentos. Juro que yo me concentraba en ser la mejor amiga pero a veces dejaba de oír sus palabras y me perdía en sus ojos tristes, sus dientes blancos, sus labios, su piel morena, y mi corazón se paraba. Y me imaginaba en el hospital: yo en una camilla mientras los médicos intentaban reanimarme y una enfermera le explicaba a mi madre que había muerto por amor, y mi madre decía “Claro, es lógico”.

¿Cómo podía haberse olvidado de nuestras tardes al sol, de nuestros chicles compartidos?

Un día los ojos de Dani dejaron de mirarme tristes y empezaron a brillar. Nunca he visto unos ojos tan brillantes, era como mirar una estrella a punto de colisionar contra mí. Yo no entendía bien lo que estaba pasando pero supongo que mis ojos comenzaron a brillar también, porque nos dimos un beso que fue el Big Bang de los besos. Y, por supuesto, nos hicimos novios. Fue como si nuestro amor de los cinco años hubiera estado, intacto, escondido en algún lugar, y apareciera de pronto ocupándolo todo. El mundo desapareció, solo existían nuestros inacabables besos: en las gradas del frontón, contra la pared del callejón, sobre la roca del mirador. Comíamos en media hora para volver a juntar nuestros labios. Y durante la noche soñaba que seguíamos besándonos. Tenía el corazón henchido y los labios despellejados. Y así hubiera seguido eternamente pero se acabó el verano y tuvimos que separarnos. Lloré desconsoladamente, creí que mi vida se acababa. Durante un tiempo idee maneras para fugarnos juntos, pero todas acababan mal en mi cabeza y desistí. Luego fue cayendo sobre  mí el bálsamo del tiempo y me olvidé de él.  Volvimos a encontrarnos el verano siguiente, pero esa es otra historia.

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